¿Cómo reanimar a tu ser querido durante el apocalipsis?


—¡Ya casi llegamos! —grita tu amigo, victorioso, señalando el centro comercial.

—¿Por qué intentan mordernos? —preguntas, mirando al grupo de dementes que los persigue.

—¡Qué sé yo! —responde—. ¡Ni yo he estado tan jala…!

De pronto, se queda sin aire y se agarra el pecho.

—¿Qué pasa, compadre? —preguntas, volviéndote hacia él con los ojos abiertos de par en par.

Tu compañero de parrandas da un par de pasos y se desploma.

Miras hacia atrás. El grupo de locos se acerca, arrastrando los pies y mostrando los dientes. Podrías abandonarlo, pero recuerdas todas esas noches de jolgorio y decides hacer algo estúpidamente heroico: arrastrar sus 120 kilos hasta el centro comercial.

Un guardia cierra las rejas justo antes de que llegue la horda.

—¿Son amigos suyos? —pregunta el guardia—. Aquí había un par así. Tuvimos que encerrarlos.

Lo ignoras. Tu amigo está tendido en el suelo.

—Despierta, imbécil —le dices, sacudiéndole los hombros.

Nada.

No responde. Tampoco parece respirar.

Una mujer se acerca, acompañada de otros curiosos.

—¿Se murió?

—No, no… —respondes, llevándote una mano a la cabeza—. No creo…

Luego alzas la voz:

—¿Hay alguien del área de la salud aquí?

Nadie responde. Los demás se limitan a mirar.

Tomas aire. Intentas recordar aquel curso de RCP que hiciste en la oficina.

Es hora de ponerlo en práctica.

1. Compruebas si está en paro cardíaco

Primero te aseguras de que el lugar sea seguro. No serviría de mucho intentar salvar a tu amigo si terminas convertido en el siguiente paciente.

Le hablas fuerte y le sacudes suavemente los hombros.

No responde.

Observas si respira normalmente durante un máximo de diez segundos.

Recuerdas que los jadeos agónicos —respiraciones aisladas, irregulares o entrecortadas— no son una respiración normal.

Tu amigo está inconsciente y no respira normalmente. Debes asumir que está sufriendo un paro cardíaco.

No pierdes tiempo intentando encontrarle el pulso.

—¡Llama al 131! —le gritas a la mujer—. ¡Y que alguien busque un desfibrilador!

Afortunadamente, todavía funciona una línea de emergencias del refugio.

Si estuvieras solo, podrías llamar con el teléfono en altavoz y seguir las instrucciones del operador mientras comienzas la reanimación.

Pero ahora tienes ayuda.

Mientras ella llama, te preparas para comenzar las compresiones.

2. Empiezas las compresiones torácicas

Colocas a tu amigo boca arriba sobre una superficie firme.

Te arrodillas a su lado, sitúas el talón de una mano en el centro del pecho, sobre la mitad inferior del esternón, y colocas la otra encima. Mantienes los brazos rectos y los hombros sobre las manos.

Ahora comprimes.

Entre 100 y 120 compresiones por minuto, con una profundidad de 5 a 6 centímetros.

Permites que el pecho vuelva a expandirse completamente después de cada compresión, sin apoyar tu peso sobre él entre una y otra.

Evitas las interrupciones.

Tu objetivo no es despertar a tu amigo a golpes. Es mantener una circulación mínima de sangre hacia su cerebro y corazón.

3. No intentas hacerlo todo tú solo

Después de un par de minutos, tus brazos comienzan a cansarse.

Un hombre corpulento se arrodilla a tu lado.

—Déjame intentarlo.

Por una vez, agradeces que alguien se ofrezca voluntariamente a trabajar.

Recuerdas que los reanimadores deben alternarse aproximadamente cada dos minutos, o antes si aparece fatiga, procurando que el cambio interrumpa las compresiones durante menos de cinco segundos.

Mientras uno comprime, el otro puede preparar las ventilaciones, coordinar el recambio o ayudar con el desfibrilador.

Si ambos están entrenados para dar ventilaciones, pueden alternar treinta compresiones con dos ventilaciones, utilizando una barrera de protección cuando esté disponible. Cada ventilación debe durar aproximadamente un segundo y producir una elevación visible del pecho.

Si no saben realizarlas o no pueden hacerlas de forma segura, continúan con compresiones torácicas sin interrupciones innecesarias.

4. Encuentras un DEA

Una adolescente aparece corriendo desde el pasillo.

—¡Encontré esto!

Sostiene un pequeño maletín con un corazón atravesado por un rayo.

Es un desfibrilador externo automático (DEA).

Lo enciendes mientras el otro hombre continúa las compresiones.

Una voz electrónica comienza a darte instrucciones.

Retiras o cortas la ropa que cubre el pecho de tu amigo y colocas los parches adhesivos sobre la piel desnuda, siguiendo los dibujos del dispositivo.

Uno va en la parte superior derecha del pecho, debajo de la clavícula. El otro, en el costado izquierdo del tórax, por debajo de la axila.

El aparato comienza a analizar el ritmo cardíaco.

—¡Nadie lo toque!

Todos se apartan.

El DEA anuncia que recomienda una descarga.

Compruebas que nadie esté en contacto con tu amigo y presionas el botón cuando el aparato lo indica.

Su cuerpo se contrae brevemente.

Reanudas inmediatamente las compresiones torácicas, sin detenerte a comprobar el pulso.

El DEA volverá a analizar el ritmo cuando corresponda.

Recuerdas que no todos los paros cardíacos requieren una descarga eléctrica. Si el aparato anuncia que no recomienda una descarga, tampoco significa que tu amigo esté fuera de peligro:


❤️ Aprende a salvar una vida

En el mundo real, reconocer un paro cardíaco, iniciar compresiones de inmediato, pedir ayuda y utilizar un DEA puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Puedes aprender los pasos básicos con los recursos gratuitos de la American Heart Association.

Y, si tienes la oportunidad, realiza un curso práctico de RCP y uso del DEA. Esta guía no reemplaza el entrenamiento presencial.

Porque nunca sabes cuándo podrías necesitarlo.