Fahrenheit 451: Más ardiente que nunca

Una de las distopías por excelencia tiene como tema central no solo la censura, sino también la indiferencia.

En el mundo de hoy, los estímulos constantes de las pantallas —el equivalente moderno de los «muros» de la novela— hacen arder nuestras retinas y agotan nuestra atención. Desgastan la imaginación hasta convertirla, no en cenizas, pero sí en algo más frágil. Y es difícil sostener sobre eso el pensamiento crítico.

Mientras tanto, los incendios literales se hacen cada vez más numerosos y difíciles de controlar. Los libros también fueron capaces de provocar incendios, aunque de otra clase. Durante siglos encendieron el espíritu de intelectuales, revolucionarios y rebeldes. Las palabras de Martí durante la independencia cubana son solo un ejemplo.

Las palabras todavía pueden hacer eso. Pero hoy también pueden arder en sentido contrario. La propaganda, las fake news y los discursos diseñados para provocar una reacción inmediata pueden convertirse en una especie de napalm pegajoso para nuestras mentes. No necesitan convencernos durante demasiado tiempo. Basta con mantenernos mirando.

Bradbury imaginó bomberos quemando libros. Quizás nosotros encontramos un método más eficiente.

No hace falta quemarlos. Basta con que nadie quiera abrirlos.

Hay quienes buscan soluciones. Yo no tengo ninguna. ¿Quién la tiene?

Porque si frente a nosotros hay un vagabundo, un niño haciendo una rabieta, un chofer de microbús con un tic nervioso —personas que quizá necesitan, como mínimo, que alguien las mire— y, al otro lado, una pantalla capaz de mostrarnos exactamente lo que queremos ver… probablemente gane la pantalla.

El muro.

El fuego inminente.