(Spoilers)
«Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados».
Así comienza la historia de Guy Montag, el bombero encargado de reducir los libros a cenizas. Sin embargo, existe otro pilar fundamental en la obra, uno en el que Bradbury puso particular énfasis: la indiferencia.
La perspicaz Clarisse McLellan, con sus ojos negros que parecían reflejar la luz de las velas y no de la electricidad, comprendía algo que los demás habían olvidado: el placer de detenerse a observar.
Le gustaba sentir el rocío en la cara, deambular por el pasto verde y contemplar las rosas, que no eran más que manchas para quienes circulaban a toda velocidad en sus automóviles.
Solo manchas. Como las imágenes que desfilan durante el scroll, con sus colores y contenidos muchas veces vacíos, que olvidamos con cada nuevo reel.
Una carretera hacia ninguna parte. Porque de poco sirve avanzar a toda velocidad si hemos olvidado adónde queríamos llegar.
Pero la velocidad no era la única forma de dejar de mirar. También estaban las ominosas pantallas, los «muros»: una especie de televisores frente a los cuales Mildred, la esposa de Montag, pasaba buena parte de sus días contemplando programas de entretenimiento. Personajes que, a ojos de Montag, gritaban sin decir nada.
Destellos de luz artificial.
Y ahí viene, quizás, lo más escalofriante. No necesitamos filosofar con la intensidad de Clarisse para hacernos una pregunta:
¿Qué tal si aquello que se consume, se deforma y se oscurece no son los libros, sino nuestro pensamiento crítico? ¿Nos estamos quemando a nosotros mismos?
Nuestra curiosidad natural, esas ganas de aprender cosas nuevas, puede terminar atrapada entre la propaganda, las fake news y los discursos diseñados para provocar una reacción inmediata.
¿Qué podemos cambiar de un mundo que cada vez comprendemos menos?
Quizás ese sea el propósito de tanto ruido. No necesitan convencernos. Basta con mantenernos mirando. Como Mildred, imperturbable frente a sus pantallas, rodeada de personajes ficticios a los que llamaba «familia». Ni siquiera podía recordar dónde y cuándo había conocido a su marido.
Esa es, quizás, la tragedia más inquietante de Bradbury: no hace falta quemar todos los libros cuando nadie siente la necesidad de abrirlos.
Porque aquel fuego no solo consume el papel. También amenaza nuestra curiosidad, nuestra memoria y la capacidad de maravillarnos ante las cosas más sencillas.
Como el rocío de la mañana que tanto disfrutaba Clarisse. Ese que todavía podemos detenernos a contemplar.