La Ruta de Stix

Un muchacho, su perro y un libro. Ocultos de una amenaza exterior, Stix busca descubrir quiénes son realmente sus padres. Las respuestas están entre las páginas de una novela y en una historia familiar que aún está por escribir.

Ilustración de Rodney Díaz

EPISODIO 1: El Descenso

—¡Luis!

Era la voz de mi mamá.

—¡Carla!

Mi papá respondió desde algún lugar más lejano.

Sus voces se oían cada vez más distantes. En cambio, las botas pesadas retumbaban contra el piso de la biblioteca, justo sobre mi cabeza.

Un hombre gritó algo. Parecía estar dando órdenes.

Luego sonó algo parecido a un fuego artificial. Pero sin el silbido.

Solo un «¡pum!».

¿Un disparo?

Después no volví a escucharlos. A ninguno de los dos.

Bajamos con cuidado la escalera. Morty iba pegado a mí. Yo sujetaba con fuerza Estigio, la novela de mi padre.

A medida que descendíamos, los pasos se oían cada vez más apagados. Pero parecían moverse por toda la biblioteca, como las termitas dentro de aquel sillón viejo que tuvimos que botar.

—Van a encontrar el pasadizo, Morty.

Tragué saliva.

Se oyeron varios golpes. Probablemente estaban botando libros.

Miré hacia arriba. Luego hacia atrás. Ya me dolía el cuello. Bajé los últimos escalones a toda prisa.

El subterráneo era gris y estaba lleno de estanterías metálicas. Parecía la bodega del conserje de mi colegio. Pero mucho más grande.

Un tubo fluorescente zumbaba sobre nuestras cabezas.

Al fondo había un televisor y una videocasetera VHS. Sobre una mesa reconocí la radio de mi papá. Antes la tenía en su escritorio. A veces pasaba horas hablando por ella con un amigo gringo.

«Stix, alguien te contactará», me había dicho hacía apenas unos minutos.

Fui directo a encenderla.

Solo estática. Giré un poco el dial.

—¿Hola?

Nada.

Arriba se oyó otro golpe. Me quedé inmóvil. Esperé unos segundos.

—¿Hay alguien? —susurré.

Más estática.

Miré a Morty.

—Parece que estamos solos de verdad, amigo.

Dejé caer los hombros. Bajé el volumen de la radio al mínimo.

Arriba, los golpes se hicieron cada vez más espaciados. Después dejaron de oírse las voces de aquellos hombres.

De mis padres, nada.

Necesitaba hacer algo. Lo que fuera.

Morty ya estaba olfateando las estanterías, así que lo seguí. Encontramos de todo: tarros de atún, arroz, legumbres, bidones de agua. Y muchas golosinas.

Había suficiente comida para llenar el almacén de don Juan, donde comprábamos helados antes de mudarnos a esta casa en medio de la nada.

«Es comida sana», decía mi mamá mientras plantábamos papas y zanahorias en el huerto.

Tomé un Chocman. Morty apareció inmediatamente a mi lado.

—Tú no puedes comer esto.

Entonces encontré las croquetas.

—Pero al parecer también pensaron en ti.

Morty se zampó un puñado sin hacerse más preguntas.

Se me revolvió el estómago. Bajé la mirada. Había apretado tanto el paquete que se había reventado por un costado.

Lo tiré al suelo.

«Recógelo», habría dicho mi mamá.

«Mamá, papá… ¿Dónde están?».

Morty me miró desconcertado. Luego se acercó a otra estantería y comenzó a olfatearla.

Entre varios cómics reconocí algunos de Dr. Mortis.

—Sí, de ahí sacaste tu nombre —dije con un suspiro—. Fue idea de él.

A un lado encontré varios ejemplares de Orestes, la revista paranormal donde trabajaba mi papá.

Agarré el más reciente. Febrero de 2002, un poco antes de «la crisis», como repetían en la tele.

Por suerte, la revista hablaba de cosas mucho más interesantes.

«Pirámides mayas en Marte», decía el titular.

Sonreí. Seguro había sido idea del Tuerto Domi, el ufólogo buena onda. Cuando pronunciaba las erres, parecía una moto a la que le costaba arrancar.

«Somos humildes errrrantes», decía, sosteniendo una botella de cerveza que chorreaba espuma.

Los otros eran el Turco y el Corleone.

«Un montón de vagos, nomás», gruñía mi mamá cuando le tocaba recoger las papas fritas y las colillas de cigarro que dejaban en el sofá.

—Espero que estén bien —murmuré, observando los dibujos bastante malos del Domi.

Ojalá ellos también tuvieran un sótano donde esconderse.

Volví a mirar el techo gris. Las termitas de arriba parecían haberse aburrido. Mi abuelo masón tenía demasiados libros.

Era fome estar encerrado, sin ventanas ni luz natural. Tampoco podía ver los colibríes que tanto le gustaban a mi mamá y volvían loco a Morty.

Apreté los puños.

La radio seguía emitiendo estática. No había mucho que hacer.

Me giré hacia el televisor.

—Veamos qué hay por acá.

Me arrodillé frente a él.

—Mmm… Critters, Los payasos asesinos del espacio, Troll 2 —murmuré mientras revisaba las carátulas de los VHS.

«Películas tan malas que son buenas», solía decir mi papá. «Aunque tal vez no sean tan aptas para un niño de once años…».

«Doce, papá».

«Eso, eso. Bueno, no le digas a tu mamá».

Mi papá pasaba horas escribiendo, pero siempre encontraba tiempo para ver esas películas conmigo. Y yo, encantado de verlas una y otra vez.

«Podríamos tener DVD. Esos no hay que rebobinarlos».

«Lo sé, Stix. Pero solo somos clase media».

«¿Y esta casa tan grande?».

«Es la herencia de tu mamá. Pregúntale a ella».

—¿Y si ahora esta mansión es nuestra? —le pregunté a Morty.

Mi perro agachó la cabeza. Las orejas le quedaron colgando a los lados.

—Espero que no.

Seguí revisando las películas hasta encontrar una cinta diferente. Sin carátula.

Solo una palabra escrita con plumón. La letra algo torcida de mi papá.

STIX

Me quedé mirándola.

Tomé la cinta y la metí en la videocasetera.

Apreté play.