
EPISODIO 1: El Descenso
Me asomé mientras mis papás discutían en la sala de estar. Un vinilo de los Beatles sonaba al fondo. Let It Be.
—Debemos irnos. En cualquier momento… —alcancé a escuchar a mi mamá.
—Pero es peligroso, Carla.
—No podemos esperar más, Luis —contestó ella—. Soler dice que…
De pronto, el vinilo se detuvo. La aguja quedó raspando el final del disco. Me quedé inmóvil. Mi mamá me vio.
—¡Qué haces ahí, Stix!
Entonces escuché un motor. Todavía lejano, pero acercándose por la calle. Mamá me agarró del brazo y me llevó a toda prisa por el pasillo principal. Mi papá nos siguió. Morty también.
Llegamos hasta la biblioteca. Mamá me tomó de los brazos.
—Detrás del último estante hay una puerta. Lleva al subterráneo.
—Pero…
Mi papá me entregó un libro.
—Guárdalo. No se lo des a nadie.
Desde la entrada llegó una voz de hombre. Fuerte. No alcancé a entender qué decía.
—Alguien te llamará por la radio —agregó mi papá.
—¿Quién?
Mis padres se miraron. Entonces golpearon la puerta principal. Una vez. Otra. Muy fuerte.
Papá se agachó frente a mí.
—Confía en nosotros, Stix.
—Morty se queda conmigo.
—Stix…
—¡O si no, no!
Morty aprovechó para escabullirse hasta mi lado.
—Está bien —dijo papá.
Mamá miró hacia atrás. Me soltó.
—No hay tiempo.
Papá me revolvió el pelo.
—Nos vemos… pronto.
La puerta se cerró. Alcancé a escuchar pasos acercándose por el pasillo. Me quedé quieto un instante.
—No se te ocurra ladrar —le advertí a Morty.
Él me miró con sus ojos bicolores.
Eché a correr entre los estantes de aquella colosal colección. Morty me siguió. Dante Alighieri, Ray Bradbury, Aldous Huxley. Y cientos más.
Mis compañeros pensaban que exageraba cuando les contaba cómo era la biblioteca. La profe Ema Vélez era la única que me creía.
«Tu abuelo era masón». Esa era la explicación de mamá para todo aquello. Y quizás también para las diez habitaciones, los cinco baños y la sala de billar. Al parecer, los masones tenían mucha plata y tiempo libre.
Di la vuelta al último estante. Solo había una pared de roca. Retrocedí y tomé aire.
Morty me miraba con aire circunspecto. Como si estuviera haciendo el ridículo. Luego se volvió hacia los libros.
Eran tomos voluminosos de la Enciclopedia Británica.
Quizás…
Fui recorriéndolos uno por uno. Entonces noté un espacio entre dos tomos. Metí la mano hasta el fondo. Algo me raspó los dedos.
Una cuerda.
Tiré. Algo hizo clac dentro de la pared y el estante se entreabrió unos centímetros. Metí los dedos por la abertura y empujé.
El estante entero giró lentamente, como una puerta. Detrás había una escalera estrecha que se perdía en la oscuridad.
Pasé al otro lado y encontré otra cuerda detrás del estante. Tiré de ella y el estante volvió lentamente a su lugar. Apreté el interruptor.
La escalera se iluminó.
Mientras recuperaba el aire, miré el libro que mi papá me había entregado.
Estigio.
Era su novela.
Y mi nombre.
Apreté el libro contra el pecho y comencé a bajar. Morty me siguió. Arriba, todo quedó en silencio. Solo escuchaba mi respiración y las patas de Morty sobre los escalones.
Entonces sonó un ruido apagado, pero inconfundible.
Un balazo.
Bajamos a toda velocidad. Morty temblaba.
—Tranquilo. No nos encontrarán —le dije.
Esperaba que él me creyera.
Cuando llegamos abajo, esperé otro balazo. No llegó.
—Esto no puede estar pasando —murmuré, llevándome las manos a la cabeza.
Entonces levanté la mirada.
—Pero qué dem…
El subterráneo era gris y estaba lleno de estanterías de metal. Parecía el lugar donde el conserje guardaba sus cosas en el colegio. Pero mucho más grande. Y no tenía ventanas.
Al fondo había un televisor y una videocasetera VHS. Sobre una mesa estaba la radio.
La reconocí. Antes estaba sobre el escritorio de mi papá. A veces se pasaba horas hablando por ella con un amigo gringo.
Fui directo y la encendí. Solo escuché estática. Moví un poco la aguja.
—¿Hola?
Nada.
—¿Hay alguien?
Solo estática.
Miré a Morty.
—Parece que estamos solos de verdad, amigo.
Dejé caer los hombros.
La radio seguía escupiendo estática. Seguí a Morty, que olfateaba las estanterías. Estaban llenas de comida: tarros de atún, arroz, legumbres, bidones de agua. Y muchas golosinas.
Tomé un Chocman. Morty apareció inmediatamente a mi lado.
—Tú no puedes comer esto.
Entonces encontré las croquetas.
—Pero al parecer también pensaron en ti.
Morty se zampó un puñado sin hacerse más preguntas.
En otra estantería encontré varios ejemplares de Orestes, la revista paranormal donde mi papá trabajaba con sus amigos. Una vez me dijo que eran «humildes errantes».
Mi mamá decía que eran un montón de vagos fanáticos de las pirámides espaciales, los ritos satánicos y la mitología griega. Quizás tenía razón, pero sus artículos eran entretenidos.
Seguí recorriendo el subterráneo. Junto a la videocasetera había una pila de cintas VHS: Critters, Los payasos asesinos del espacio, Troll 2.
—Películas tan malas que son buenas —decía mi papá.
Habíamos visto algunas varias veces. Mi papá siempre decía que no se acordaba del final.
Pero había una cinta diferente. No tenía carátula. Solo una palabra escrita con plumón:
STIX
Me quedé mirándola.
Tomé la cinta y la metí en la videocasetera.
Apreté play.